CRÓNICA: Pedro Manuel Cruz Vera

La verdad de los latidos del Silbo Gomero

Fernando Padilla Trujillo dedicó buena parte de su vida a conservar una de las mayores riquezas de nuestra cultura: el Silbo Gomero. En una época en la que su futuro era incierto y parecía condenado al olvido, él decidió luchar para que nunca dejara de escucharse entre los barrancos de La Gomera.

Su entrega fue silenciosa, constante y generosa. Enseñó a los jóvenes, colaboró con investigadores que llegaban a la isla, escribió en los medios de comunicación y defendió el silbo cuando pocos imaginaban que algún día sería reconocido en todo el mundo.

Mientras preparaba esta historia para mi web encontré un antiguo recorte del Diario de Avisos. En él descubrí que, muchos años antes de levantarse en Igualero el Árbol del Silbo, Fernando Padilla ya había propuesto erigir un monumento dedicado a esta forma única de comunicación. No pudo ver cumplido aquel sueño, pues falleció en 1981. Sin embargo, sus pensamientos parecen habitar hoy en ese árbol, que quizá él habría imaginado coronado por la figura de un cabrero silbando entre las montañas.

El Silbo Gomero fue declarado más tarde Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO y Bien de Interés Cultural de Canarias

Ese reconocimiento pertenece a todo un pueblo, pero también lleva la huella de quienes, como Fernando Padilla, dedicaron parte de su vida a impedir que el silencio venciera al silbo. Gracias a personas como él, el Silbo Gomero siguió latiendo hasta que pudo llegar a las escuelas de La Gomera. Después, otras personas, como Don Isidro Ortiz y muchos silbadores, profesores y defensores de nuestra cultura, continuaron ese camino para que hoy siga vivo.

Su poema «Un Silbo nadie contesta» no es solo una poesía; es el grito contenido de un hombre que se negaba a aceptar que el silbo desapareciera. En sus versos late el miedo al olvido, pero también la esperanza de que siempre hubiera alguien dispuesto a responder con otro silbo.

Con el paso del tiempo, la memoria también puede ser injusta. A veces el nombre de quienes sembraron el futuro queda oculto mientras disfrutamos de los frutos de su esfuerzo. Pero la historia tiene una deuda con Fernando Padilla Trujillo. Recordarlo no es mirar hacia atrás; es hacer justicia a un hombre que entregó parte de su vida para que una de las señas de identidad más profundas de La Gomera nunca dejara de latir.

Hoy, cuando un silbo cruza un barranco y encuentra respuesta, también resuena, aunque muchos no lo sepan, el eco de Fernando Padilla Trujillo. Porque hay personas que no desaparecen mientras su legado siga vivo. Y el suyo continúa latiendo en cada silbo que nace en esta isla.

PEDRO DE AGULO

Romeria de San Isidro 1965 primer concurso del silbo gomero, realizado por : Fernando Padilla

ORIGINAL

Pedro de Agulo

El 22 de septiembre de 1968 se firma el contrato para la realización del diccionario del Silbo Gomero, el Sueco Tord Benner y Fernando Padilla Trujillo, secretario del Ayuntamiento de Agulo y defensor del Silbo Gomero para su recuperación en la década 50/60/70,

Pedro de Agulo

Los dos niños Olivier e Imeldo que fueron llevado por Fernando Padilla

Poesia Original escrita en 1971

Poesia Original escrita en 1971 publicada en prensa

Silbador de la Escuela de Fernando Padilla

Contrato firmado sobre el dicionario del Silbo Gomero

Cartel de la feria insular del campo, La Palmita

El latido del Silbo Gomero (II)

Los ecos que aún responden

Hay silencios que duelen más que cualquier palabra. El más triste es el del olvido.

Hoy regreso a los latidos del Silbo Gomero desde la Feria del Campo de La Palmita, donde Fernando Padilla impulsó un concurso con un objetivo muy claro: atraer a los jóvenes y mantener vivo un lenguaje que comenzaba a perder silbadores. Ya entonces se intuía un problema que aún hoy nos preocupa: cuando desaparecen quienes conocen una tradición, también empieza a apagarse una parte del alma de un pueblo.

Las fotografías de esta historia muestran a Olivier e Imeldo, ( con 13 y 11 años) dos grandes silbadores que, siendo muy jóvenes, acompañaron a Fernando Padilla por toda la Península. La primera gran salida fue la Feria del Campo de Madrid. Después llegaron Barcelona y Palma de Mallorca, donde un teatro repleto descubrió que un pueblo podía hablar con el viento.

Una anécdota refleja mejor que ninguna otra el prestigio que Fernando Padilla había ganado. Durante la visita de una importante autoridad a La Gomera, decidieron organizar una demostración de silbo sin contar con él. Los dos silbadores elegidos nunca habían silbado juntos y fueron incapaces de entenderse. Para salir del paso improvisaron un saludo de bienvenida. Al día siguiente, el presidente del Cabildo fue tajante: «No vuelva usted a organizar nada relacionado con el silbo sin contar con Fernando Padilla... ¿o quiere que se lo digan silbando?».

A mediados de los años sesenta también llegó a La Gomera Jacques Cousteau para conocer el Silbo Gomero y compararlo con la comunicación de los delfines. Fue un acontecimiento inolvidable para la isla, y Álvaro Padilla, hijo de Fernando, tuvo el honor de se su chofer.

Pero la verdadera historia del silbo no se escribió en los grandes escenarios, sino en las tardes de Las Rosas. Fernando reunía a los muchachos desde la tienda de Sindo hasta la de Adrián Santos para que aprendieran a comunicarse silbando. Al terminar, los premiaba con un sencillo bocadillo de chorizo de perro. Sin saberlo, aquellos jóvenes estaban ayudando a salvar un patrimonio único.

Muchos investigadores encontraron en Fernando Padilla un maestro generoso. Entre ellos, D. Manuel Betancourt, que visitó la isla en numerosas ocasiones para estudiar el Silbo Gomero. D. Manuel Betancourt, compartió largas jornadas con Fernando y muchas veces también la mesa de su casa, donde el conocimiento siempre encontraba un lugar junto a la hospitalidad.

También sueco Tord Benner impulso la creación de un diccionario del silbo, grabado durante meses por Lino Rodríguez. La falta de recursos impidió que la universidad pudiera adquirir aquel valioso trabajo y, poco después, el material fue robado en Las Palmas. Con él desapareció una parte de nuestra memoria.

El patrimonio no desaparece de un día para otro. Primero se olvidan los nombres de quienes lo defendieron; después se pierden los documentos y, finalmente, solo queda el silencio.

Fernando Padilla Trujillo nunca buscó homenajes. Solo quería que el Silbo Gomero siguiera cruzando los barrancos de La Gomera.

Hoy, cada vez que un niño aprende a silbar, cada vez que dos silbadores se entienden a través del aire o un concurso mantiene viva esta tradición, el corazón de Fernando Padilla vuelve a latir.

Porque hay hombres cuya voz se apaga... pero cuyo legado jamás deja de responder.

Dicen que las casualidades existen. Yo prefiero pensar que hay recuerdos que esperan el momento adecuado para volver a encontrarnos.

Nunca he podido olvidar aquel día de la Feria del Campo de La Palmita. Han pasado los años, pero el tiempo no ha conseguido borrar lo que viví. Cada vez que observo una de aquellas fotografías, mi mirada se detiene en un niño que silba con toda la ilusión del mundo. Entonces descubro otro detalle: frente a él estoy yo, observándolo con la atención y el asombro de quien, sin saberlo, estaba siendo testigo de un instante que marcaría su vida.

En ese momento el corazón se me acelera. Ya no miro una fotografía; vuelvo a estar allí. Regresan las voces, los rostros, la emoción... y, sobre todo, aquel silbo que todavía resuena con la misma claridad de entonces:

«¡Que te quites la chaqueta!»

Era solo un mensaje entre dos muchachos. Pero para mí se convirtió en mucho más. Fue el instante en que comprendí, sin ser consciente de ello, que el Silbo Gomero no solo viajaba por los barrancos: también encontraba un lugar donde quedarse para siempre, en el corazón de quienes tuvimos la suerte de escucharlo.

"Ya no miro una fotografía; vuelvo a estar allí."

Pedro de Agulo

"Porque hay recuerdos que nunca dejan de silbar dentro del corazón"

"El patrimonio no desaparece de un día para otro. Primero se olvida el nombre de quienes lo defendieron. Después se pierden los documentos. Más tarde callan los testigos. Finalmente, solo queda el silencio."

Olivier silbando y ahi estoy yo con cara de asombro.

Fernando Padilla Trujillo (III y último). de los latidos del silbo gomero

El hombre que hizo de la cultura su forma de vivir

Fernando Padilla Trujillo nació en Agulo, en el conocido Callejón de Las Casas, el 20 de noviembre de 1920, falleció en el año 1981.

Si hacemos memoria y observamos las fotografías de aquel Agulo de principios del siglo XX, veremos un pueblo muy distinto al que conocemos hoy. Sus calles estaban empedradas a la antigua, con piedras acuñadas unas junto a otras sobre barro. Los niños levantábamos algunas de ellas para hacer un gongo y jugar a las bolas. Las casas, muchas de ellas humildes, eran de piedra y con tejados de teja; los corrales con animales formaban parte de las propias viviendas y los caminos reales comunicaban los distintos pueblos

Era un Agulo sencillo, pero extraordinariamente rico en talento humano. Un pueblo pequeño que parecía regalar a La Gomera y al mundo personas ilustres. Mientras escribo estas líneas navegan por mi memoria nombres como José Aguiar, Pedro Bethencourt, su hermano José, Cesarina Bento, Antonio Trujillo Armas, Leoncio Bento Casanova y tantos otros que dejaron una huella imborrable. Leoncio Bento, por ejemplo, impulsó la llegada del agua a las viviendas, el teléfono, el pescante y muchas otras mejoras que transformaron la vida del municipio.

Con demasiada frecuencia nos acostumbramos a fijarnos únicamente en lo negativo y terminamos olvidando todo lo bueno que construyeron quienes nos precedieron. Recordar su legado también es hacer justicia.

Y en ese Agulo nació Fernando Padilla.

Esta fotografía nos transporta al Agulo que conoció Fernando Padilla Trujillo durante su infancia. Un pueblo de calles empedradas, casas de piedra con tejados de teja, caminos reales y bancales que dibujaban el paisaje como una obra de arte. Un pueblo humilde, trabajador y profundamente unido a sus tradiciones, que parecía regalar a La Gomera y al mundo hombres y mujeres extraordinarios.

Nació el mismo año que mi padre, en aquel 1920 que, visto con la perspectiva del tiempo, parece haber sido un año especialmente generoso en hombres y mujeres que dejaron una profunda huella en nuestro pueblo.

Desde muy joven parecía llevar la cultura en la sangre, como si fuera una necesidad para su propia existencia. Quienes lo conocieron recuerdan que, siendo apenas un muchacho, ya destacaba por encima de muchos de su generación. Siempre era el primero en ofrecerse para organizar las fiestas, ayudar, aportar ideas y reunir a la gente. Tenía un don especial para convertir cualquier iniciativa en un proyecto colectivo. No esperaba a que otros dieran el primer paso; él lo daba.

Ahora, con los años y mirando hacia atrás, comprendo mejor muchas cosas. Durante mi infancia lo vi siempre organizando actos culturales, defendiendo nuestras tradiciones y trabajando incansablemente por Agulo. Hoy entiendo que no era casualidad. Mirar su trayectoria es como contemplar el reflejo de una persona profundamente comprometida con la cultura de La Gomera, pero, sobre todo, con la de su pueblo, el lugar donde nació, creció y descubrió la fuente de todo aquello que amó durante su vida.

En aquellos años, Agulo vivía una de las fiestas más grandes y esperadas: los Piques de San Juan y San Pedro. Fernando, como era natural, pertenecía al bando de Las Casas, por haber nacido en el Callejón de Las Casas. Sin embargo, su esposa, su hijo Álvaro y el resto de sus hijos eran de La Montañeta, algo que en aquellos piques suponía una frontera difícil de cruzar.

Con su voz inconfundible y su extraordinaria capacidad para improvisar, Fernando era quien recitaba y lanzaba los discursos dirigidos a La Montañeta. Eran versos llenos de ingenio que, como se decía entonces, "escocían" un poco, pero que formaban parte de aquella rivalidad sana que hacía grandes aquellas fiestas y unía al pueblo.

De aquellos años guardo una anécdota por el propio criador de Laika que todavía hoy provoca una sonrisa

Fue el año en que se lanzó un globo con un gato dentro, pero un fallo técnico hizo que nunca apareciera. Para evitar las bromas de La Montañeta, Pepe García, con el ingenio que siempre le caracterizaba, consiguió otro gato igual. Fernando Padilla improvisó entonces una entrevista al supuesto viajero espacial. Le pusieron de nombre Laika, y para que el gato respondiera al micrófono... le retorcían suavemente el rabo.

¡Miauuuu!

Y Fernando respondía con toda la seriedad del mundo:

"Dice en ruso que el viaje le fue muy bien."

Las carcajadas eran inevitables.

Podría llenar muchas páginas contando actividades y anécdotas de Fernando Padilla. Algunas pertenecen a la intimidad de familias a las que ayudó de forma desinteresada y considero que deben permanecer en ese ámbito. Pero todas ellas tienen algo en común: hablan de un hombre que nunca dejó de trabajar por los demás, aunque algunos querían ver otra cosa.

Si hay un acontecimiento que merece ser recordado por encima de muchos otros fue conseguir traer a Agulo el Ballet Nacional de María Rosa. ¿Cuántas ciudades, incluso capitales canarias, pudieron disfrutar de un espectáculo de semejante categoría?

Fernando removía cielo y tierra cuando se trataba de conseguir algo importante para La Gomera y para su pueblo.

Aquello fue un acontecimiento imposible de borrar para quienes tuvimos la suerte de vivirlo. No había casas suficientes en Agulo para alojar a tanta gente. El pueblo se llenó de visitantes y respiró cultura por los cuatro costados. Fue, sin duda, uno de los acontecimientos culturales más importantes vividos en varias décadas.

Y ya que escribo desde el corazón y desde mis propios recuerdos, quiero contar una anécdota personal.

Fernando consiguió que mi madre no me dejara ir al cine durante varias semanas. Quiso multarme con 50 pesetas, una cantidad importante para la época, por haber tirado voladores a las doce de la noche. Lo curioso es que yo no había tirado ni uno; simplemente iba en el grupo donde también estaba su propio hijo.

Hoy me río al recordarlo, aunque entonces lo pasé realmente sin risas.

Pero también esa anécdota refleja cómo era Fernando Padilla: un hombre recto, responsable y comprometido con sus obligaciones. No debemos olvidar que fue el único secretario de Ayuntamiento de La Gomera que obtuvo su plaza mediante oposición en Madrid. Los demás municipios contaban con secretarios habilitados, incluso el de San Sebastián.

Otra imagen que he querido incorporar a este artículo nos traslada a la década de los sesenta y refleja, una vez más, la extraordinaria capacidad de Fernando Padilla para movilizar a todo un pueblo. Con motivo de un partido de la Liga de La Gomera entre el C. D. Agulo y el C. D. Leones, convirtió aquel encuentro en un acontecimiento digno de una gran competición internacional. El campo de fútbol apareció engalanado con banderas de numerosos países, como si se tratara de una final de la FIFA, y organizó un animado desfile por las calles de Agulo con pancartas dibujadas a mano que despertaban el entusiasmo de vecinos y visitantes. En aquella fotografía aparezco yo, siendo un niño, caminando junto a tantos amigos del pueblo, compartiendo la ilusión de aquel momento. Hasta mi querida abuela salió de casa para unirse a la comitiva y vivir aquel día como una vecina más. Esa imagen no solo recoge un recuerdo; refleja la capacidad que tenía Fernando Padilla para ilusionar, unir y hacer que todo un pueblo se sintiera protagonista de sus propias fiestas.

Sin embargo, por encima de cualquier cargo, Fernando Padilla fue un hombre entregado a la cultura de La Gomera y, especialmente, a la de su querido Agulo. Amó el Silbo Gomero como si fueran los propios latidos de su corazón.

Y mientras escribía estas últimas líneas, me llegaron unas fotografías de varios chicos practicando Silbo Gomero para el concurso de la Feria de Campo en La Palmita. Al verlas, sentí que este artículo encontraba un sentido aún más profundo. Porque el Silbo no pertenece solo al pasado ni a quienes lo defendieron en otros tiempos; también vive en las nuevas generaciones que hoy lo aprenden, lo ensayan y lo llevan con ilusión. En esos muchachos está el verdadero latido del Silbo Gomero: la prueba de que la memoria continúa, de que la tradición sigue respirando y de que todo el esfuerzo de quienes la cuidaron no ha sido en vano.

Con estos tres artículos no he pretendido engrandecer a Fernando Padilla más de lo que ya lo hicieron sus propios actos. Mi único propósito ha sido aportar un pequeño grano de arena para que la historia del Silbo Gomero y la historia cultural de Agulo sean contadas de forma completa y justa.

Porque cuando la historia deja fuera a algunos de sus protagonistas, deja de ser historia para convertirse en un relato incompleto.

Antes de terminar, quisiera dejar una reflexión.

Cuando se trata de hacer justicia a la historia, la política debería quedarse siempre a un lado. El reconocimiento a quienes dedicaron su vida a trabajar por su pueblo no entiende de colores ni de ideologías. La historia pertenece a todos.

No puede ser que, en el siglo XXI, sigamos actuando como si existiera un nuevo Salomón dispuesto a decidir qué parte de la verdad merece ser recordada y cuál debe caer en el olvido. La historia no se puede partir en dos, porque cuando se oculta una parte, todos perdemos.

Todos llevamos alguna mancha en el corazón. Por eso merece la pena mirarnos por dentro y preguntarnos si estamos siendo justos con quienes nos precedieron. Reconocer el mérito de los demás no nos hace más pequeños; al contrario, nos engrandece como personas y como pueblo.

Todavía podría seguir escribiendo muchas páginas más, porque fueron innumerables las vivencias, las iniciativas y las personas a las que Fernando Padilla ayudó. Pero prefiero dejar ese cometido abierto, esperando que estas palabras despierten la curiosidad de quienes las lean y hagan que su memoria siga latiendo.

Mientras alguien recuerde a hombres como Fernando Padilla Trujillo, seguirá viva una parte esencial de la historia de Agulo, de La Gomera y del Silbo Gomero.

Ese es, precisamente, el espíritu de Los Latidos del Silbo Gomero: que el tiempo nunca consiga borrar a quienes dedicaron su vida a mantener viva nuestra cultura, porque un pueblo que olvida a quienes lo engrandecieron corre el riesgo de olvidar también quién es.

Y mientras haya niños y jóvenes practicando Silbo Gomero, preparándose para un concurso y llenando el aire de La Palmita con ese lenguaje único, los latidos del Silbo seguirán vivos. Entonces comprenderemos que la historia no termina en quienes la comenzaron: continúa en quienes la aprenden, la sienten y la hacen sonar para que nunca se apague.

Los niños de hoy son los nuevos latidos del Silbo Gomero

LA BUSQUEDA

La espera del instante

No apresures el instante; espera a que la luz susurre el momento de la captura. Mientras tanto, deja que tu mirada recorra el paisaje, descubra el equilibrio y encuentre la composición que ya existe, aunque aún permanezca oculta.

La suerte, a veces, se cruza en el camino. Pero cuando decide no aparecer, busca la luz. Ella nunca abandona la escena; solo espera a quien sepa verla.

Porque fotografiar no es detener el tiempo, sino aprender a escuchar la luz. Y es en la mirada del fotógrafo donde nace la magia que transforma un instante efímero en un recuerdo eterno.

Pedro Cruz Vera

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