Los pequeños comercios de los pueblos de La Gomera, y en concreto los del Valle de Hermigua, han ido cerrando sus puertas lenta pero inexorablemente; unos, porque quienes les fundaron ya han dejado para siempre el municipio y otros, por falta de relevo generacional o rentabilidad.
Atrás quedaron aquellos hornos de pan hecho a leña como el de Antonio y Adela en el Lomo de San Pedro, carnicerías como la de Manuel y Concha, O la de Juan y Tomasa, tiendas de ropa como “la del árabe” y muchas de “ultramarinos” que se contabilizaban a casi dos por barrio.
Enumerarlas a todas podría llevarme a cometer un desafortunado error, imperdonable por mi parte dado que, como he dicho, eran tantas que no podría recordarlas todas y sobre todo porque sus propietarios y fundadores, ejercieron el comercio que; aunque intentaban ganarse un más que justo jornal, ejercían a su vez una gran labor social con sus convecinos.
Entre las que recuerdo estaba la de Bernardo en la Plaza de La Encarnación, sin olvidar la de Alejo en la Vecindad o “La Recoba”, regentada esta última por Jacinto y Antonia. También podíamos comprar en la de “Tatino” o la de “Suarez”, aunque ésta fue una de las últimas en cerrar sus puertas.
En el Valle Alto muy afamada era la Tienda de Antonio y Laureana, lugar en el que igual adquirías azúcar, café y demás comestibles, que igual podías degustar el taperio que Antonio servía con abundante y generoso vino del país. Sobra decir que por ese entonces, los vinos embotellados no se vendían, más que nada por escasos o por tener un precio prohibitivo.
Del mismo modo no puedo olvidar la tienda de Ángel Curbelo, más conocida como “Casa Cuca” y que no sólo vendía lo vendible sino que también, su pequeña cantina en la que ofrecía ñames y carne de cochino, todo ello acompañado de un buen mojo “rabioso” y mucho vino, era ampliamente visitada. Hasta desde San Sebastián venían gentes para degustar su incipiente cocina.
La de Lucila en el Barrio de la Punta de la Vereda fue una tienda que también recuerdo, más que nada, por ser lugar de paso hacia el barranco de Montforte y el barrio del Estanquillo, lugares en los que por aquel entonces eran espacios para lavar la ropa el primero y llevar la “molienda” el segundo.
Otra tienda que fue un punto de encuentro y compras fue la de don Pancho Cámara en el barrio de La Cerca o la de don Emilio y doña Isabelita, comercio que, este último y por mi edad, recuerdo con mayor nitidez y sobre todo porque, era raro que sus regentes, aunque prestos al fiado como el resto de Comerciantes del pueblo, no te recordasen que en “tu compra” te faltaba “una pesetita”.
También estaba la de Miguel en las Hoyetas, comercio del que guardo más vivencias por ser este uno de los más frecuentados en mi niñez y ser el más cercano a mi casa y en el que también, al igual que el resto, existía esa “cantina” donde se servían “las mañanas” o se aprovechaban para vender el “vino de la casa”.
La zona y barrio del Convento también disponía de su lugar de compras en la Tienda de Manuel Mendez, “ventero” serio y de regias costumbres pero, propenso a veces en agasajar con algún caramelo a la “chiquillada” que, sin comprar nada, pasábamos por su puerta.
En todos ellos, quien no recuerda aquellos libros que, sobre una esquina del mostrador, esperaban “los apuntes” del tendero tras despachar al vecino lo solicitado y esperando pacientemente a que este cobrase el importe de los plátanos que previamente había entregado a “los talleres” de empaquetado del valle. Tiempos de dificultades en los que los comerciantes de Hermigua jugaron, a mi juicio, un papel importante, en aras de “aliviar” las maltrechas economías familiares merced a “sus fiados” (créditos).
Otra característica similar en todas, aparte de “apuntar” la compra hasta que se cobrase, era la de que servían como lugar de encuentro; algo así como el Facebook actual pero sin “estados” ni “emoticonos”; unos espacios en los que podías enterarte de “todo lo vivo” incluido lo tuyo.
En fin, que entre kilo de azúcar o “cuarto y mitad” de sardinas saladas y prensadas que venían en barriles de madera, te enterabas de quien había “dado a luz” o quien había cosechado mejor vino, entre otras cotidianidades.
Como quiera que, el anecdotario de lo sucedido en aquellos comercios hermigüenses de la época resultase demasiado extenso para relatarles en este artículo y del que además tampoco es el objetivo, pasemos a recordarles algunas particularidades de la que aún y pese a los tiempos se resiste a cerrar; el único establecimiento de solera que pervive.
La tienda de Nicolás, ahora regentada por su hija, la recuerdo desde siempre; asentada en la Punta de la Vereda, lugar vigía desde el que se disfruta de una vista que comprende casi todo el pueblo.
Frecuentado por vecinos del barrio y de otros, era punto de encuentro y compras donde se adquiría casi de todo, tanto que, hasta los novedosos “polos” con el palillo de madera podían pedirse allí.
Ya no están las estanterías de madera o aquel inmenso mostrador que parecía no tener final, ya no se venden aquellos artesanales “polos” de granadina; tampoco se despacha el azúcar o harina a granel y mucho menos se envuelve de aquella manera tan peculiar en papel basto pero, lo que si es cierto que, pese a estar remodelada y ofrecer otra variedad de cosas incluida la ropa, aún conserva ese espíritu de Tienda de barrio con la que fue fundada.
Queda claro que me salieron los dientes en una de estas tiendas de pueblo, atiborradas de todo cuando se pueda imaginar y que se ofrecía al lugareño a muy pocos metros de su casa, algunos de los artículos en venta que a mí me resultaban más inverosímiles y que desde luego, hoy no sería posible encontrar en un solo comercio.
Se vendían Catecismos, libros de abecedario y primera enseñanza, libritos de primera comunión, tinteros, postales de amor y de Navidad, papel barba que servían para los documentos de compra y venta de las casas, Ovillos de hilo de coser, bordar y tricotar; sombreros y boinas, martillos y palustres; adornos y figuritas del Belén, juguetes para el día de Reyes, y por supuesto, golosinas de todo tipo.
Hoy con el recuerdo, he querido regresar a mi primer hogar y antigua tienda de la que no quedan sino muros ennegrecidos por la humedad y estanterías vacías carcomidas por el tiempo y en las que aún quedan algunos objetos que se me antojan hojas marchitas de la arboleda mustia de un cementerio.
Y mientras los veo, me viene a la mente una frase que, casi sin querer se me escapa en voz alta: “ Es mi nostalgia infinita de otras latitudes lo que hace que, mi corazón se estremezca de alegría por haber nacido aquí donde he nacido”
José Andrés Medina




Las tiendas en Hermigua
Por: José Andrés Medina




Nota: Artículo escrito en 2017, cuando aún el Comercio de don Nicolás estaba abierto y regentado por su hija. Hoy se halla un pequeño Supermercado pero que sigue teniendo la esencia de Venta de barrio.
Hay personas que escriben con la pluma, y hay otras que, además, escriben directamente en el corazón. Para mí, Oswaldo Izquierdo Dorta pertenece a esas personas especiales cuya generosidad y calidad humana hacen que cada palabra tenga un valor aún mayor.
Siempre he sentido un profundo agradecimiento por el tiempo que dedicas a leer mis escritos. Para quien se acerca e intenta aprender de la escritura, que alguien como tú se detenga unos instantes ante mis palabras es un regalo que difícilmente puede pagarse con palabras. De ti también he aprendido que escribir no es solamente juntar letras, sino poner en ellas sentimientos, verdad y un pedacito del alma.
Oswaldo Izquierdo Dorta, Doctor en Filología Románica por la Universidad de La Laguna y Catedrático de Lengua y Literatura Española, ha dejado su huella en numerosos libros y ha recibido merecidos reconocimientos por una trayectoria literaria que admiro profundamente. Pero más allá de los títulos, los premios y los libros publicados, lo que más valoro es a la persona generosa que hay detrás de esas letras y ese corazón siempre dispuesto a compartir con los amigos.
Eres uno de esos poetas de nuestro tiempo que más me gusta leer. Tus poemas tienen algo especial: son capaces de cruzar las venas, caminar despacio por dentro y llegar hasta el corazón, donde se quedan convertidos en emociones y en letras agradecidas.
Por eso, gracias, Oswaldo, por tu amistad, por tu generosidad y, sobre todo, por regalarme algo tan valioso como tu tiempo. Gracias por leer a este pobre aprendi, cuando todavía estoy llegando al primer peldaño de este hermoso mundo de la escritura. Cada palabra tuya es para mí una enseñanza y cada gesto de cariño, una razón para seguir escribiendo.
Y hoy quiero agradecerte especialmente esta décima que nos has regalado. No es solamente una décima; es un abrazo escrito con tu propia mano, un abrazo que alcanza no solo el alma, sino también esos sentimientos que afloran cuando uno descubre que las palabras que está leyendo llevan la firma de alguien a quien admira profundamente.
Que una persona como tú escriba a los amigos incluyéndome a mí es un honor que guardaré con especial cariño.
Gracias, Oswaldo, por hacer que las letras tengan memoria, que la amistad tenga poesía y que el corazón encuentre, entre tantos versos, motivos para sentirse agradecido.
Con profunda admiración, cariño y gratitud,
gracias por escribir y, sobre todo, gracias por ser como eres.
Pedro Manuel Cruz Vera


A: Oswaldo Izquierdo Dorta
Pedro de Agulo
“La luz, intensa y dorada, dibujaba allá y lejos el contorno del Teide y el mar, aquí y cerca, nos llamaba para unirnos a él, sal y agua que mojaba nuestra piel, chapuzones sin fin, miradas cómplices de amistad y algunas hacia esa chica que no era amiga porque querías que fuera algo más.”


Decía Machado que siempre se canta lo que se va y ya no tienes, lo que era y nunca más podrá ser, lo que forma parte de un pasado que, a medida que envejeces, parece una vida vivida por otra persona, un espacio reservado al recuerdo y que es inamovible. Recordamos, sonreímos o lloramos y seguimos adelante, hacia la nada de la que partimos y en la que nos sumergiremos irremediablemente. Nada es eterno y todo tiene un principio y un final.
El verano ya está aquí, luces que parecen más intensas y sonrisas más amplias. Lo especial, por no ser corriente, es lo que todos queremos vivir, esa gasolina que debe alimentarnos para soportar el tedio un día sí y el otro también.
Pronto estaré en Agulo y allí seré más yo, viendo como ese chaval que adoraba leer y jugar al fútbol, ya mayor, se siente pleno, diferente, sabedor de que la jubilación está próxima y de que, por fin, el sitio donde nací será el sitio donde moriré, tranquilo y feliz si mi hijo tiene salud. No es mucho pero no necesito más.
Allí, entre los riscos y el mar me espera el potaje de berros de mi hermana, la conversación con la gente que quiero, la tranquilad de hablar y de escuchar, la cerveza fría que, como diría Pedro Guerra, regará las amistades. Sí, la vida que espero dentro de poco.
Pero, hace ya mucho, había otra vida, lejana ya, intensa y noble, inocente por joven y llena de esperanza por no ser viejo. Esa vida, dentro de las muchas que he vivido, empezaba cualquier día de verano al ponerte el bañador en el Charco y quedar con Alexis Serafín, Ramón Rodríguez, Kiko Correa, … para bajar al mar, a la costa, a la parte más alejada de La Zula, Abrahante y La Caperuza, allí donde, lo recuerdo perfectamente, las risas eran más sonoras y no había lágrimas.
Había prisa por llegar y aun no entiendo cómo no nos rompimos un brazo o una pierna mientras corríamos hacia abajo, aumentado la velocidad a medida que nos aproximábamos a nuestra piscina comunitaria. Lo que eran pasos al empezar se convertían en zancadas al llegar. Las prisas, por una vez, sí eran buenas consejeras.
La luz, intensa y dorada, dibujaba allá y lejos el contorno del Teide y el mar, aquí y cerca, nos llamaba para unirnos a él, sal y agua que mojaba nuestra piel, chapuzones sin fin, miradas cómplices de amistad y algunas hacia esa chica que no era amiga porque querías que fuera algo más.
Cierro los ojos y percibo perfectamente el olor a mar, a lapas, a musgo que brotaba entre las piedras y el rompeolas, estructura de cemento que, cuando no había sitio en la bajada, era zona de descanso con toalla o sin ella, sitio donde los adolescentes nos pavoneábamos cuando entras en esa competición por gustar que empieza al ponerte de pie y acaba con tu forma de nadar. Nadie te miraba, o quizás sí, al percibir que tu mirada se encontraba con la de la chica que te gustaba, con la única mirada que tú querías ver.
Hace ya mucho pero me veo nadando hacia Piedra Rajada. No voy solo sino que comparto brazadas con muchos del pueblo, una pequeña competición, no sé muy bien por qué, para llegar primero. Nos alzamos y nos sentamos en esa roca mientras miramos hacia el frente, marcando distancia con los que se quedaron, sabedores de que podemos charlar sin que nadie nos escuche. Y eso también forma parte del pescante y de la vida. Somos unos diez, de todas las edades, los mayores hablan más y los menores escuchan. Y así debe ser. Oigo las voces de mi primo Jose Carlos, de mi añorado Kiko Macho al que echo tanto de menos, de Antonio Cruz, … voces que hablan de fiesta y del pueblo, de lo bueno y de lo malo, de lo que ya se fue y de lo que nos espera. Noto una bondad generalizada y todos reímos, nos sentimos bien y Piedra Rajada ya no está rajada, es un piedra unida por el cemento de la camaradería y por la amistad entre los jóvenes. De repente, Kiko Macho se levanta y grita, venga todos después de mí y se lanza al mar mientras los demás nos colocamos en fila y le seguimos, respetando la importancia que sólo da la edad. Nadie se queda porque nadie quiere quedarse solo.
Pasan algunas horas y llegan los barcos de los pescadores, no todos juntos o quizás sí, ya no lo recuerdo, pero siempre respetando el turno y haciendo virtud de la paciencia. Pepe Gámez, Chani, Pedro el de Rita, Fito, mi tío Juan el Villero, … capitanes sin título pero que son obedecidos por lo que creo que se ha perdido en buena parte: el respeto a los mayores y al que sabe.
Todos ayudan a subir los barcos, grandes y pequeños, dando una pausa a la diversión porque la obligación nos llamaba. Una obligación placentera, cierto, llena de miradas admirativas hacia aquellos de rostros fuertes y manos endurecidas.
Yo, con un bañador rojo de no sé cuántos años, traigo agua en un balde para limpiar el barco de mi tío, mientras mi primo Ulises me dice trae otro y otro y otro. Juan separaba el pescado, Ulises limpia el barco y yo traigo el agua. Cada cual está en su sitio, según la importancia del rito. Esa conjunción de tres generaciones tenía la impronta del respeto, de la educación, de la familia, de lo que es realmente importante.
El día se acaba. Alexis Serafín, Ramón Rodríguez y yo, los hijos del Charco, decidimos subir ya. Lo hacemos a menor velocidad que la bajada, no por la dificultad de subir sino porque, quizás, nos cuesta dejar atrás lo que deseamos que nunca acabe. Subimos, miradas al frente y, de cuando en cuando, hacia atrás. Es menos difícil remontar si hay algún pepino o tomate que comer, aunque esté muy caliente, si hay un hoja de ñame para compartir el agua bendita, ésa que apagaba la sed de unos chicos que, ahora lo veo, eran felices porque no había responsabilidades que asumir, tristezas que penar cuando eres mayor.
Pero todavía falta algo. Llegamos al tanque de La Verdura, piscina natural de agua dulce que, siendo pequeña, nos parecía un mar sin sal porque siempre pasaban cosas. Baño rápido o no tan rápido, bailes al borde con alguna canción de Palmera, bacadillo finiquitado al ser compartido hasta la última miga.
Nos callamos al ver venir, arriba, a lo lejos, a Angelito el de Salvador quien, al llegar por encima del tanque, se lanza de cabeza, arropado con una capa de valor que solo él tiene, con ese grito atávico que despertaba envidias, con esa risa pícara del primer saltador de las hogueras de San Marcos.
Seguimos subiendo y llegamos a La Tosca. Allí, parlamento del Charco, siempre hay señores que nos miran pensando que ellos, cuando les tocó ser felices en su infancia, no lo fueron y que quizás perdieron mucho. O quizás no, sólo nos miran felices, como yo, ahora, miro feliz a niños jugando y riendo, viviendo esa etapa de la vida que, llegado el momento, debe ser dejada atrás.
Sí, hay muchas vidas dentro de una vida. Hay muchos soles, según el lugar donde estés, hay mares que huelen más a mar que otros mares, hay momentos que, ya lejanos, siempre están ahí.
El Pescante, bajar feliz y subir algo triste, bañarte y reír, compartir todo con todos, espacio para pescar. Pero no todos pescamos lo mismo. Los capitanes intrépidos algo de pescado, con esfuerzo y paciencia. Los demás, ahora lo sé, algo parecido a la felicidad.






El pescante y la vida.


Oscar Mendoza










